Lunes 14 de octubre del 2019

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Publicado por Anónimo (no verificado) on October 27, 2016

Comencé mi andadura en el ámbito educativo no formal con 18 años como animadora de grupos y coordinadora de proyectos de acción social en el Centro Juvenil de los Salesianos de Atocha. Diez años de mi vida en los que fueron clave las intensas experiencias vividas. Experiencias en las que se potenciaba como algo cotidiano la formación, planificación y puesta en marcha de actividades y proyectos; realizando evaluación continua, grupos de reflexión, etc.  Casi sin darme cuenta integré naturalmente todos estos procesos generando un aprendizaje significativo y una mirada que formaría  parte de mi esencia y en definitiva de mi persona.

 

Esa etapa despertó en mí la vocación educativa y durante 16 años he sido profesora de Secundaria en el colegio Ntra. Sra. de Fátima de Madrid, de los Clérigos de San Viator. A la vez he formado parte de varias redes de profesores, colaborando en proyectos de voluntariado y Educación para el Desarrollo (EpD) en diversas entidades y ONGs.

 

Actualmente trabajo en  Jóvenes y Desarrollo en el departamento de Educación para el Desarrollo. Sin renunciar a mi vocación docente pero con la intención de guiar en procesos educativos a docentes y jóvenes que quieran transformar sus aulas desde otra mirada: una visión de justicia, de derechos, en definitiva una mirada global.

 

Durante todos estos años he visto gran cantidad de acciones y proyectos en los que los docentes centran sus objetivos en lograr que sus alumnos y alumnas sean más solidarios y generosos. Actividades, campañas y proyectos con el “apellido” de solidarias que mueven e involucran a todo el centro educativo junto a las familias e incluso en muchas ocasiones al barrio: mercadillos, conciertos, cenas, charlas, exposiciones, etc. Muchas de ellas acompañadas de termómetros que miden el grado de solidaridad … Todo un derroche de creatividad e imaginación.

 

Con estas acciones, además de generar el compromiso de toda la Comunidad Educativa y un buen clima de convivencia, se consigue dinero para ayudar en situaciones puntuales de emergencia y a proyectos de cooperación de las distintas ONGS, que hoy en día son muy necesarios.

 

Creo que la realización de estas iniciativas y campañas solidarias son muy positivas para despertar la empatía del alumnado con realidades complejas, para que visualicen la situación de personas muy lejanas a ellos, para que crezca el sentimiento de generosidad y se potencie la ilusión por participar en futuras acciones en las que sea necesario una mayor implicación.  Tengo claro que son de gran utilidad, al menos mientras tengan duración en el tiempo y se trabajen y entrenen distintas competencias y valores. Pero después de invertir tanto tiempo, trabajo, ilusión y esfuerzo os pregunto: ¿Realmente están calando en la  vida de nuestros jóvenes?, ¿Estamos colaborando en transformar la realidad?

 

Cuando se pide un donativo o ayuda económica en los colegios,  los más pequeños, con toda la ilusión del mundo traen su sobre con el dinero que les han dado sus padres o que incluso han sacado de su hucha, pero ¿qué ocurre cuando estos pequeños llegan a la adolescencia? La mayoría no participará e incluso lo cuestionará: “¿Este rollo otra vez?”. Piensan que sus donativos no van a cambiar la realidad y dejan de participar porque dejan de creer que otro mundo es posible.  Otros jóvenes que  participan, se sienten con el derecho de saber qué se ha hecho con su dinero y recibir la foto o la carta de la persona a la que han ayudado. Se favorece la creación de una figura paternalista, que potencia una interdependencia vertical en el que norte da al sur y por eso el sur “debe” algo (aunque sea una foto o una carta).  También sigue habiendo un número de jóvenes que participan sin esperar nada a cambio y que además suelen querer implicarse más y buscan proyectos que exijan un mayor compromiso, aunque generalmente el número de estudiantes de este último grupo es mucho menor.

 

Hablamos de acciones solidarias. El diccionario de la Real Academia Española se define como solidaridad: Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.

 

De “otros” y quizás es el problema por el que no acaban de ahondar,  porque no  lo hacemos “nuestro” y no provocamos en nuestra tarea educativa que se sientan ciudadanos del mundo. Porque se sigue analizando desde “nuestra” posición y mirada, sin entrenar “otros” enfoques. Y por eso pienso que quizás después de esa primera experiencia de acción solidaria debamos subir otro escalón y no conformarnos con los mismos resultados año tras año.

 

La primera vez que hice esta reflexión fue en el año 2009 en un encuentro de “Buenas prácticas de EpD” en Guatemala organizado por la AECID. Me di cuenta que tenía que subir un escalón como docente y no sólo realizar experiencias solidarias que animaran la vida del centro en horario no lectivo, sino integrarlo en mi práctica docente diaria, utilizando la mejor herramienta que tenía en mis manos:  el aula y mis asignaturas. En definitiva quería lograr que la EpD dejara de ser algo externo al aula o transversal al contenido, para que fuera vertebral y ayudara a formar ciudadanos globales con contenidos vinculados al currículo.

 

Desde mi experiencia puedo contar que no es tarea fácil, ya que implica abrir contenidos, programar por competencias, hacer uso de metodologías innovadoras, introducir nuevas herramientas de evaluación, favorecer la reflexión en el aula, etc. Esto significa mayor formación y volumen del trabajo para el profesorado. Pero también puedo asegurar que es una opción apasionante y enriquecedora la cual aporta muchos beneficios y ventajas en el aprendizaje del alumnado. La experiencia se convierte en un camino sin retorno, porque el docente que prueba a  trabajar desde “otra mirada” en el aula, ya no podrá volver a hacerlo de forma más tradicional y unilateral.

 

Aprovechando el momento que vivimos a nivel educativo nos encontramos con una gran variedad de metodologías llamadas activas que pueden facilitar y  enriquecer este trabajo,  algunas de ellas muy adecuadas para el entrenamiento de una mirada global. Destaco ABP (Aprendizaje basado en proyectos) y APS (Aprendizaje y servicio), porque considero que son dos metodologías  que   nos permiten integrar todo el conocimiento desde varios ámbitos y asignaturas, que se aplican a la construcción de una acción transformadora en la que el estudiante pone en juego todo su aprendizaje de manera eficaz y en contextos reales. Para ello tiene que entrenar cualidades y habilidades que integran las competencias de nuestro sistema educativo y es ahí donde se abre otra oportunidad para trabajar e integrar la EpD en el aula: resolver problemas, generar ideas creativas, tomar decisiones, trabajar en equipo, argumentar ideas, etc. Es muy importante generar tareas en las que alumnos y alumnas investiguen y comparen situaciones y problemáticas desde diferentes puntos de vista. Crear espacios en los que se cuestionen y busquen respuestas. Diseñar actividades que  obliguen a posicionarse ante una realidad y la analicen críticamente, favoreciendo que poco a poco se sientan más ciudadanos del mundo, asumiendo pequeños compromisos que ayuden a cambiar situaciones de injusticia.

 

Concluyendo mi reflexión os animo a subir un escalón en las actividades solidarias que se realizan en los centros educativos, e introducir la EpD en el aula. Para ello podéis contar con nuestro asesoramiento y guía desde JyD.

 

Los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la igualdad de género, la erradicación de la pobreza extrema, los derechos de los refugiados etc.  pueden dejar  de ser temas puntuales en el aula, y pasar a ser el foco desde el que se trabaje el contenido del currículo de las diferentes materias.

 

Podemos lograr que nuestros jóvenes tengan los conocimientos y las herramientas para ser ciudadanos con el poder de lograr un cambio social y conseguir que la Tierra sea un lugar más justo para todos los hombres y mujeres del mundo. Tenemos el arma más potente en nuestras manos para conseguirlo… LA EDUCACIÓN.

 

Por Paloma Montero

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